La cara visible de la bisexualidad en Madrid es colombiana y se llama Dani

DANIELA BELTRÁN
DANIELA BELTRÁN (CEDIDA)
   
Actualizado 16/07/2018 12:27:00 CET

   MADRID, 16 Jul. (Notimérica) -

   Al final del día, y después de todo lo hablado, cuesta encontrar un titular con el que Dani se sienta representada. Lo único que pide es que no se le catalogue como mujer, porque aunque lo sea, para ella la genitalidad es irrelevante. Tanto que le encantaría que esa información desapareciese hasta de los documentos de identidad, pero como sabe que a día de hoy es impensable, prefiere asumir esta batalla personal como un problema de su yo del futuro y centrarse ahora en aportar aquello que esté en su mano para defender a la comunidad LGTB en España.

   A simple vista, lo que la gente ve de ella es siempre lo mismo: negra, mujer, con pinta de machorro, por lo tanto bollera, pero como también le atraen los hombres, entonces será bisexual. Los eslabones a esta cadena los ha puesto ella misma, pues es lo que siente que la gente piensa de ella al conocerla. Nadie va a saber de primeras que dibuja, que aprendió francés de manera autodidacta, que es bailarina o que sabe lengua de signos. Ni tampoco que tiene un cerebro privilegiado gracias al cual en el colegio le adelantaron dos cursos y a los trece ya estudiaba bachillerato.

   "Esto me enfada", dice la joven colombiana mientras pide en un restaurante de Madrid el único plato apto para veganos que ofrece la carta. Tiene 22 años y lleva los últimos seis en España, donde se ha convertido en alguien muy cercano a Isidro García, trabajador social, sexólogo y en la actualidad responsable del programa de Atención e Información LGTB de la Comunidad de Madrid.

   Pero hasta llegar hasta aquí, a vivir su sexualidad con naturalidad y poder ayudar a otros, otras u otres --porque para Dani es básico un lenguaje inclusivo que no deje fuera a quienes no se sienten necesariamente hombre o mujer--, antes tuvo que 'salir del armario' en Colombia, "una de las cosas más dolorosas" que ha hecho en su corta pero intensa vida. Tenía diez años cuando empezó a dudar sobre si su forma de entender la sexualidad coincidía con el clásico chico-chica / chica-chico y a los trece, buscando por Internet si era posible sentirse atraído indistintamente por personas de ambos sexos, descubrió la palabra bisexual.

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   En ese momento, cuando decidió contar abiertamente que era bisexual, lo hizo motivada por su madre, que siempre le aconsejó que hiciese oídos sordos a los insultos y desprecios que tanto miembros de su familia como su grupo de amigos comenzarían a proferirle. Perdió el contacto con casi toda su familia y tan solo un primo suyo quiso mantener el lazo con ella, así como su hermana, con la que al poco recuperó la relación. A las fiestas del orgullo gay de Cali, su ciudad, iban ella y cuatro gatos más.

   Ya en 2016, con Dani viviendo en España, una antigua conocida publicó en 'El País' de Cali una entrevista a la activista que no solo sirvió para que toda la ciudad conociera que era bisexual, sino para que su familia, al leerla, le pidiese perdón. Dice ella que no tenía nada que perdonarles, pero con la boca pequeña, porque para hacerse una idea del daño que sufrió, a la pregunta '¿cómo crees que habría sido este proceso si tu madre no hubiese sido ese apoyo fundamental?', le da un trago a la bebida gaseosa que acompaña la ensalada y responde: "por mi personalidad de entonces, en ese momento es muy probable que me hubiese intentado suicidar". Aún a día de hoy ni se plantea volver a Colombia porque tiene "miedo a recordar", aunque también cree que le vendría bien "enfrentar a toda esa gente que en su momento no pude".

CÓNDORES Y BUITRES

   Cuando en 2011 llegó a España, país menos homófobo que Colombia pero todavía con resquicios de odio a los que Dani ha tenido que plantar cara en más de una ocasión, comenzó a sentirse más protegida en ese aspecto, pero más discriminada por el hecho de ser inmigrante. El primer insulto que recibió al llegar fue 'negra de mierda', muy recurrente "por desgracia" también a día de hoy. Mientras veía que los rusos o saudiés eran considerados inversores y no inmigrantes, los latinos seguían siendo ciudadanos de segunda.

   Al ser consciente de eso recordó una historia de cóndores y buitres. El cóndor de los Andes, imperial y majestuoso, es el símbolo de Colombia, mientras que el buitre, carroñero y desagradable, no suele gustarle a nadie. Pero resulta que el buitre también pertenece a la familia de los cóndores y Dani lo vio claro. Los rusos son cóndores, los sudamericanos buitres. En teoría son lo mismo, solo personas, pero está claro que no. Para no olvidar sus valores, se tatuó en el muslo un buitre que ella misma dibujó, como todos los demás que tiene por todo el cuerpo.

   De hecho así se gana la vida ahora, como camarera y diseñadora de tatuajes, hasta que se decida a terminar la carrera de bellas artes que dejó a medias en Colombia. Porque igual que su madre no estudió derecho para ser abogada sino para conocer sus propios derechos, Dani no eligió bellas artes porque quiera ser artista, sino porque el arte le permite expresar emociones.

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LA CARA DE LA BISEXUALIDAD

   Ya en España y participando de los programas LGTB de la Comunidad de Madrid, le pidieron ser la imagen de una campaña interna. Allí conectó especialmente con el fotógrafo, al que le contó toda su historia, y fue él quien le pidió meses después que enviase su currículum contando cuál era su manera de entender la bisexualidad y cuál era su aportación a la comunidad LGTB porque se estaba organizando una campaña en el Metro de Madrid que llevaba por lema la erradicación del odio contra este colectivo.

   Dani envió aquel email y a los pocos días su cara estaba por todo el suburbano madrileño. La gente empezó a contactarla, a agradecerle que hubiese servido de inspiración para muchas personas que con su misma condición sexual estaban cohibidas dentro de este colectivo que "sigue sufriendo demasiado". Al ver que la consecuencia era que las personas comenzaban a llamar al 112, el canal de emergencias de la Comunidad de Madrid, o que su Instagram se llenaba de mensajes de agradecimiento y peticiones de ayuda, comenzó a darse cuenta de que realmente quería dedicarse al activismo como profesión.

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   Aquello fue en 2016 y desde aquel momento no ha parado de dar charlas en espacios de inserción, en grupos de apoyo, en universidades. Desde hace cuatro años es Dani, nadie le llama Daniela y eso solo responde a una voluntad personal. Dani es neutro y unisex. "Me he dado cuenta de lo poco que me importa una identificación de genero porque yo no soy mi genitalidad, sino que hago todo lo que hago como la persona que quiero ser", sentencia. Por eso no se fija en el aparato reproductor de sus parejas, sino "en lo mucho que sonrío cuando estoy con ellas".

   También lleva el pelo rapado porque se siente más libre, más fuerte y más segura de sí misma, como demuestra el paso firme con el que camina con su falda de volantes roja y una camiseta en la que se lee "We all should be feminist (todos deberíamos ser feministas)".