La guerra de Siria a través de los ojos de fotoperiodistas iberoamericanos

Cobertura de la guerra de Siria. Pablo Tosco para OxfamPABLO TOSCO (CEDIDA)
Actualizado 04/06/2018 9:55:48 CET

   MADRID, 4 Abr. (Notimérica - Lara Lussón) -

   Cuando el cielo estaba despejado, todo el mundo en Alepo sabía que la probabilidad de ser bombardeado era mayor. Por ello, los días nublados daban de algún modo la tregua necesaria para recuperar la normalidad, aunque fuese por unas horas. Recuerda el fotoperiodista argentino Pablo Tosco que no fue consciente de las ganas de vivir de la población siria pese a la guerra hasta que vio a un niño sonreir a su padre y señalar al cielo plagado de nubes.

   Aquellos meses del final de 2013, de la primera ofensiva en Alepo, pusieron definitivamente de relieve la guerra de Siria en el panorama internacional. Decenas de reporteros y fotógrafos se trasladaron a la zona para darle cobertura y mostrar al mundo los estragos de una guerra que ha cumplido su séptimo año y que se ha cobrado, según cifras oficiales, la vida de más de 500.000 personas y ha obligado a huir del país a cerca de seis millones. Una guerra en la que se ha perdido la cuenta de los grupos que hay combatiendo -cada uno por sus intereses-- y que cuando parecía que el fin estaba más cerca se ha recrudecido en el norte del país, con la entrada de las tropas turcas a la ciudad de Afrín.

   Entre aquellos fotógrafos se encontraban los protagonistas de este reportaje: el colombiano Mauricio Morales, los argentinos Pablo Tosco y Rodrigo Abd y el mexicano Narciso Contreras. Estos dos últimos, galardonados con el Premio Pulitzer de ese año junto al español Manu Bravo, el palestino Khalil Hamra y el jordano Muhammed Muheisen.

   Por muchos otros conflictos que cada uno de ellos haya cubierto, todos coinciden en señalar que aquel tiempo en Alepo y la brutalidad de los bombardeos contra la población civil les marcó por encima de cualquier otra cosa. Ahora, cinco años después, reviven en conversaciones con Notimérica cómo vivieron aquello y de qué manera ha afectado a sus vidas con el paso del tiempo.      

MAURICIO MORALES

   Como la de miles de colombianos, la vida de Mauricio Morales estuvo marcada por el conflicto y la guerrilla. Vivió las bombas de Pablo Escobar en su ciudad, Medellín, y el conflicto nunca le fue ajeno, pero el nivel de guerra y violencia que vivió en Alepo fue “demasiado difícil de sobrellevar”. Las conocidas como 'Primaveras árabes' le llevaron a interesarse por Oriente Medio y se trasladó a vivir a Turquía, país al que fue para unos meses y mantuvo cinco años como campamento base mientras cubría, además de Siria, Palestina, Líbano, Irak o Libia.

EL FOTÓGRAFO MAURICIO MORALES EN ALEPO

   No soportaba ver lo que estaban sufriendo los civiles ni podía aceptar que pareciera que al mundo se le olvidó aquel rincón del planeta. Por ello, se comprometió “a no contar solo un pedazo de la historia, sino a intentar vivir y contar todo lo que estuviese en mi mano”. Cuando ISIS estuvo fuera de Kobane, una ciudad fronteriza entre Siria y Turquía, muchos desplazados volvieron a su ciudad y lo hicieron al tiempo que Mauricio, que nada más entrar en Kobane se encontró con una boda. Aquella situación que podría parecer surrealista era de nuevo la demostración de las ganas de vivir de la gente y que el fotógrafo plasmó a la perfección en la serie 'Back to Kobane'.

   Mauricio es fotógrafo, pero ante todo persona. Como fotógrafo, hay uno de sus retratos que no puede sacarse de la cabeza: un bombardeo muy cerca de donde se estaba alojando con otros periodistas destrozó la casa de una familia con dos niños. A uno de ellos le sacaron muerto entre los escombros mientras su hermana lloraba sin parar al ver su casa reducida a cenizas. Y como persona, lamenta que muchos de los amigos que hizo allí perdieron la vida tiempo después. “Es un dolor que llevaré siempre clavado, no es fácil recibir la noticia de que han muerto ciertas personas a las que ponías nombre y de las que conocías sus historias”.

   Busca plasmar en sus fotos aquello que todavía nos une como seres humanos y nos conecta pese al conflicto y eso es lo que dicen de él sus retratos, ese interés por reflejar la guerra más allá de las bombas, la sangre y los escombros.

   Alepo le cambió la vida. Fue la cobertura “más terrible” y está convencido de que fue igual para todos los compañeros que coincidieron allí, pero ahora trata de “bajarle marchas a eso de cubrir conflictos armados y la guerra cruda”. Crítico consigo mismo, reconoce que se puede volver monótono mostrar “a unos tipos disparando” y que es necesario encontrar nuevos enfoques para crear impacto en un público que cada vez está más acostumbrado a ver bombas y muerte.

Un hombre carga a un niño herido tras un bombardeo

   Pese a trabajar ahora en asuntos del conflicto social y ambiental que azota su país natal y en los que puede trabajar con una profundidad mayor, sigue con la mente puesta en volver a Siria y cubrir el conflicto que se ha recrudecido en el norte del país entre los kurdos y el ejército turco. Su último mensaje antes de colgar el teléfono es de desasosiego: “Por más que trabajamos y más que cubrimos, la guerra no cambió y no cambiará. Siempre nos quedará un sinsabor sobre eso”.

   Puede seguir todo su trabajo en este enlace: http://www.mauriciomoralesduarte.com

RODRIGO ABD

   Cuando Associated Press le propuso viajar a Siria, Rodrigo Abd jamás pensó que se volvería con un premio Pulitzer debajo del brazo. Vivía en Guatemala, país en el que a diario se exponía a situaciones de guerra no declarada, o de postguerra, que se encargaban de recordarle con demasiada frecuencia que a pesar de que un día finalicen los conflictos armados se necesitan varias generaciones para recuperar la normalidad, pues la guerra queda inevitablemente grabada en las personas que la sufren.

   Aceptó pensando que sería una experiencia más, pero que el foco estaba puesto en Oriente Medio y que no podía rechazarlo. Como chico de barrio que es, su intención no fue otra que aprender. “Para mí era como ir a otro mundo, a doce horas de huso horario de mi casa, con una religión diferente, jamás se me ocurrió viajar a Siria como trampolín para ganar ningún premio”, explica.

   De hecho, reconoce que la fascinación que hay por Oriente Medio no es más que eso, porque como esa, otras muchas regiones del planeta enfrentan situaciones de guerra que matan de un modo u otro. Así, haciendo referencia a su tierra, denuncia que “en Latinoamerica también se viven situaciones muy límites. Hay una especie de fascinación por Oriente Medio por la guerra y el momento histórico, pero acá nosotros vivimos en lugares donde la guerra no está declarada pero está en las calles y los niveles de homicidios, de violencia y de marginalidad están por todos lados”.

   Antes de aceptar este encargo ya había estado empotrado en tres ocasiones con las tropas estadounidenses en Afganistán. En ese tipo de escenarios hay muchas más normas que si uno va por libre. No se pueden fotografiar fuerzas especiales, no se puede enviar una foto de un soldado muerto hasta después de 48 horas de su muerte para que la familia se entere antes y hay que tener la aprobación del soldado si uno lo fotografía herido. Podría ser que esa mayor libertad que tuvo en Siria le marcase “definitivamente más”; pero tras hablar con él uno comprende que hay algo más profundo.

   Han pasado cinco años y no puede borrar de su cabeza decenas de escenas, pero fundamentalmente la de una mujer ensangrentada en un hospital provisional en Idlib, al norte del país. Se llama Aida, dice. “Me impresionó mucho su mirada atormentada por el bombardeo, junto a sus hijas, ensangrentada. Teníamos al ejército sirio atacando la ciudad y debíamos salir urgentemente, pero durante la huída entre los escombros y niños muertos vi la cara de esa mujer recién llegada. Su marido y sus otros dos hijos habían sido asesinados en ese bombardeo y su expresión fue devastadora”.

   ¿Por qué tanto? “Mi papá tiene los mismos ojos que esa mujer. Verla me recordó a él, a mis abuelos, que eran de Homs, y a todos los que un día salieron de allí y jamás imaginaron que su país podría estar tan devastado como está”. Aquella foto ganó el Pulitzer y el World Press Photo ese año.

   En Siria vio reflejada la historia de su familia en la cotideanidad del día a día, volvió a su infancia cuando veía a los abuelos meterse caramelos en los bolsillos para los niños como hacía con él el suyo y la solidaridad del pueblo árabe la identificaba con su propia abuela.

   Fotografiar puede parecer muy fácil, pero la realidad es que tienen que unirse una gran cantidad de elementos: cómo reacciona la gente ante la cámara, la empatía que el fotógrafo pueda lograr con el sujeto... Por esa razón a él le atraen las historias que puede contar a medio o largo plazo, aquellas en las que aparecen los grises y no todo es blanco o negro, aquellas en las que pese al conflicto permiten mostrar una mirada honesta, en la que puede haber contradicciones y donde no todos son malos o buenos; la historia del peluquero, o del tipo que está en el semáforo haciendo un número artístico.

   “Nunca seré un paracaidista que llega con un concepto banal a un país y quiere retratarlo en cinco minutos”, asegura antes de reconocer que el día que sienta que su trabajo ya no aporta nada dejará de hacer fotos. Hasta entonces seguirá intentando “contar las cosas desde una perspectiva inteligente”, tratando de hacer fotografías que lleven al lector a preguntarse más, a participar de esa humanidad que él mismo trata de poner a cada foto, evitando siempre enfocar sus disparos a pequeños gestos o “fotos cajoneras”, esas que entran en el cajón de los periódicos pero que no cuentan mucho, sino que nada más resuelven una fórmula para ser publicadas.

   Puede seguir todo su trabajo en este enlace: http://rodrigoabd.com/

PABLO TOSCO

   Pablo Tosco no es un reportero de conflictos, nunca han sido su motivación ni su objetivo. El 'frontline' no le genera inquietud y no considera que su trabajo en él pueda dar ningún valor añadido a esos contextos. Le gusta hablar de las personas que siguen vivas, las que sobreviven y siguen haciendo el luto por las tragedias de la guerra y la pérdida de los seres queridos. Le gusta acompañar a todos los que huyen en su éxodo.

EL FOTÓGRAFO PABLO TOSCO

   Tras doce años cubriendo distintas situaciones humanitarias producto de catástrofes naturales o crisis sociales en lugares como Irak, Nigeria o Chad, a Alepo llegó con su compañero Iván Muñoz. Ambos decidieron documentar cómo las personas seguían luchando por la vida en aquella ratonera. “En cada esquina había enfrentamientos, pero lo que nosotros queríamos mostrar era a los docentes clandestinos que seguían enseñando a los niños, a los basureros que limpiaban sin descanso para combatir enfermedades y a personas que de forma muy resiliente sacaban energía para sostener la vida”, relata el fotógrafo.

   Siria fue su viaje más duro “por todo el tiempo que le dedicamos a documentar lo que estaba pasando” y por la manera en la que las historias de la gente le atravesaban la piel. Aún sigue fascinado por la capacidad de la población para salir adelante, pero también por cómo en lugares así se toma conciencia de lo barato que sale matar y lo que las vidas pueden cambiar en un momento.

   Era 23 de febrero cuando, mientras documentaban cómo los civiles removían escombros para recuperar los cuerpos de sus familiares y vecinos, vio a Shaquia. Había perdido a los ocho miembros de su familia y estaba sentada entre las ruinas, con el suelo todavía temblando y sosteniéndose la cabeza y la mirada perdida, como quien ni siquiera puede pensar en lo que acaba de ocurrir. Desde entonces, cuando Pablo ve a alguien sosteniéndose la cabeza de ese modo le vuelve a la mente lo conmovedor que fue aquel momento.

COBERTURA EN ALEPO DE PABLO TOSCO

   Pocos días después se fijó en Alí, un joven que miraba con gesto sonriente al cielo lleno de nubes. Le explicó que aquellos días la vida se retomaba porque en los días soleados había más posibilidades de sufrir un bombardeo. Así que las nubes no eran motivo de celebración, pero si de conmemoración de la vida, de salir a jugar con la pelota, de reabrir los comercios aunque fuese por unas horas.      

   Después volvían las bombas, el caos y la desesperación. Describe Pablo el olor de la guerra de forma magistral: "La guerra huele a gasolina, a quemado, a constante polvo entrándote por la nariz, a cañerías reventadas... Huele a escombro húmedo y mojado con la sangre que no se puede rescatar. Es el olor de la destrucción, del fin de todo lo que nos mantiene vivos. Es el olor del infierno en la tierra".

   Pese a todo, reconoce, la guerra tiene un punto de esquizofrenia en el que la gente es abierta, tiene ganas de narrar, de compartir la injusticia que están viviendo y de querer que les acompañes en los momentos más trágicos de su vida. Como Aboali, que le invitó a subir a su casa a compartir un té y charlar tras haber perdido a su mujer y sus dos hijas pocas horas antes. Sus cuerpos aún estaban en la casa y aquellas horas de conversación fueron una especie de ceremonia funeraria. Uno más de esos momentos esquizofrénicos de los que habla Pablo.

   Con sus fotos trata de plasmar el respeto y la mirada digna de las personas. Le gusta pensar que en cada una de ellas hay un gesto compartido y no una intervención invasiva del espacio y la historia. "Si la persona no se siente respetada es imposible crear complicidad. No soy un reportero de 'Breaking news' y no ando detrás de la noticia, así que yo solo fotografío aquello que tiene un nombre y apellido", concluye.

   Puede seguir todo su trabajo en este enlace: http://pablotosco.eu/

NARCISO CONTRERAS

   A diferencia de otros conflictos en Medio Oriente, en Siria se puso en prueba el balance de poderes. Siria es el corazón del mundo musulmán y en la guerra se ha visto la intención de diferentes gobiernos extranjeros por participar de un conflicto que puede beneficiar sus intereses propios. Aquella lectura fue la que despertó el interés de Narciso Contreras por trasladarse al país y, como la mayoría de los fotógrafos y periodistas que acudieron a documentar la guerra en aquel tiempo, entró clandestinamente, lo que ahora le coloca en una especie de lista negra que le impedirá el acceso, como mínimo, mientras dure la guerra.

   Tanto cuando acudió por primera vez en 2012 como en la cobertura de Alepo un año después convivió con actores activos del conflicto: combatientes de Al-Nursa, de Al-Qaeda y de grupos islamistas que peleaban por algo que “no tenía nada que ver con la impresión de libertad y democracia que los medios se empeñaban en mostrar”. Su intención, relata, era instaurar una sharia -–ley islámica-- que no necesariamente tenía por qué ser tan extremista como la que rige en Afganistán, pero que no deja de ser una suerte de sistema de justicia civil y guía moral que poco tiene que ver con las democracias avanzadas.

   “No era común escuchar que querían una democracia para reemplazar la dictadura, sino más bien buscaban un Estado diferente. Eso creó en mí una impresión nueva y el hecho de ver que los medios no lo mostraban me hizo retirarme para encontrar una lectura más profunda y real de lo que allí ocurría y de todo lo que estaba en juego”, asegura vía telefónica desde Oslo (Noruega), donde tiene fijada ahora su residencia.

   Esa visión suya más centrada en lo político le lleva a ser muy crítico con las coberturas de las guerras, incluso con las suyas propias. El acceso que el fotógrafo tiene al conflicto suele ser parcial, lo que posibilita tan solo contar la historia desde un lado del conflicto y no en su conjunto. Para él, las conversaciones con los civiles, cuyo reclamo era que se mostrase al mundo que no compartían la lucha de todos esos grupos, supusieron un antes y un después.

   Consciente de que la base de su trabajo es la ética en términos de compromiso humano y que lo fotografiable tiene unos límites, no puede borrar de su memoria una secuencia de imágenes de una niña de dos años que llegó al hospital con el cráneo desplazado producto de un ataque con mortero. Al preguntarle si en determinadas situaciones es difícil no soltar la cámara, el fotoperiodista mexicano argumenta que “uno no es impasible ante elementos de esta naturaleza y reacciona humanamente, pero bastante de lo que hacemos ahí tiene un propósito y eso está claro desde el momento que decidimos ir a cubrir estas zonas. Nuestro trabajo es el de un observador y como tal debemos comportarnos, aunque resulte difícil no soltar la cámara”.

   En contrapunto, también recuerda cómo vivió momentos de mucha intimidad en situaciones muy límites con la población civil. “Por raro que parezca, compartir un té o fumar una shisha con ellos nos hacía el día a día muy llevadero”. Momentos de intercambio de humanidad en mitad de la crueldad de la guerra.

Puede seguir todo su trabajo en este enlace: https://narcisocontreras.photoshelter.com/

   A todos ellos les cambió la guerra tanto en Siria como en otros lugares. Les cambió el hambre en África o la manera en la que se comercia y esclaviza a migrantes africanos en Libia. Les cambió también vivir de cerca la ruta migratoria europea y los muertos en el mar a las puertas del continente de oro. Son iberoamericanos y conocen bien que el fin de una guerra no implica necesariamente que reine la paz. Por esa razón, cinco años después de sus coberturas en Siria, se muestran poco esperanzados con el final de este drama que, si bien ha sido el más retratado de la historia, tiene adormecido al mundo.