La odisea de Jorge, un cubano atrapado en los bosques de Serbia que intenta llegar a España

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JORGE, REFUGIADO CUBANO ATRAPADO EN SERBIA
                                                                                       FOTOGRAFÍAS DE ANTONIO SEMPERE/EP
Actualizado 30/01/2018 8:52:44 CET

   HORGOS (SERBIA), 29 Ene. (Notimérica) -

   Martes. Toca reparto en Horgos 1, nombre que recibe la primera de las tres zonas de este pueblo serbio en el que se concentran cientos de migrantes y refugiados que tratan de cruzar la frontera con Hungría para poder llegar a territorio de la Unión. El reparto que realizan los voluntarios de las escasas organizaciones que trabajan en la zona consiste en llevar agua y comida a los distintos grupos de pakistaníes, afganos, nepalíes, hindúes o blangladesíes, entre otros, que sobreviven escondidos en los bosques después de una vida de guerra y pobreza y varios años de huida desde sus países de origen.

   Entre el primer grupo de veinte pakistaníes que se acerca desde el interior del bosque, la mayoría adolescentes, con rasgos marcados y cuerpos escuálidos, destacan los casi dos metros de Jorge, el único latinoamericano que se encuentra actualmente atrapado en esta frontera.

   P: ¿Qué hace un cubano aquí?

   R: Digamos que nací en un hermoso país con la desdicha de un gobierno impositivo y autoritario.

   P: Imagino que quiere llegar a España, por lo que sigo sin entender cómo ha terminado en Serbia.

   R: La opción del momento era intentar entrar a Europa vía Rusia y después Serbia. Hoy sé que había opciones mejores, pero la escasez de acceso a Internet en mi país me obligó a tomar esa decisión.

   P: ¿Se arrepiente?

   R: En estos momentos las opciones que me restan no son muchas, debo continuar intentando llegar a España aunque el precio a pagar sea el poco tiempo de vida que me queda.

   Jorge tiene 42 años, es ingeniero y ha trabajado durante quince años en el área de las telecomunicaciones. Cuanto más estudiaba, cuenta a Notimérica, "más conocimientos adquiría de la deplorable situación política de mi país". Por su trabajo, una vez terminada su formación, comenzó a viajar a Buenos Aires, donde vivía la vida que ansiaba fuera de un sistema político, el cubano, con el que nunca comulgó. Decidió volver a Cuba cuando su abuela, "la persona que más quería", se puso enferma. Se juró que permanecería en la isla mientras ella viviese y así hizo, pero tras su fallecimiento, hace ahora tres años, "consideré que era el momento para abandonar el país en busca de un poco de bienestar humano para mi madre y mi hermana".

   En esta ocasión sus inquietudes estaban en Europa; en concreto en España, por la cercanía cultural y el idioma. Para emprender el viaje necesitaba una elevada cantidad de dinero difícil de conseguir en un país en el que el salario medio oscila entre los 17 y los 20 euros mensuales. Vendió la casa que había heredado de su abuela, su única pertenencia, y tras año y medio logró juntar el dinero para emprender el que creía que iba a ser "el viaje que le devolvería la libertad".

   Voló a Moscú porque los cubanos no necesitan visado para entrar en Rusia por la amistad de sus gobiernos; la misma trampa por la que centenares de dominicanos se encuentran atrapados en las islas griegas. Las mafias engañan a los migrantes para volar a Estambul porque Turquía no exige visado a los ciudadanos de República Dominicana. Una vez allí, solo deben cruzar los diez kilómetros de mar Egeo que separan el país euroasiático de algunas de las islas griegas y de ahí a España. El timo de la estampita, pues la realidad es que cruzar el Egeo implica jugarse la vida en una embarcación de plástico y a partir de ahí empieza un proceso de solicitudes de asilo denegadas y vidas atrapadas durante años en campos de refugiados en un país, Grecia, que nada puede ofrecer a estas personas.

   A Jorge le contaron la misma historia. "Llegué con la intención de trabajar y quizás establecerme por un tiempo, pero las opciones en Rusia para extranjeros son prácticamente nulas", lamenta. En su breve estancia en el país de Putin conoció a alguien que se dedicaba a cruzar personas desde Rusia hasta algún país de la Unión Europea por una considerable suma de dinero. "Tomé el riesgo, no tenía muchas más opciones", dice. La trayectoria incluía una muy breve estancia en Montenegro, luego Serbia y finalmente Hungría, pero la mala suerte, en forma de un documento de identidad falsificado, hizo que perdiera su viaje y su dinero para finalmente quedar varado en Serbia, donde ya lleva más de quince meses.

   Serbia, Montenegro, Bielorrusia y Rusia son los únicos países europeos que admiten cubanos sin necesidad de visado; así que Jorge logró sin problema un permiso de permanencia en el país balcánico por un tiempo de tres meses, tras los cuales comenzó a estar como irregular. "Tuve que solicitar la entrada a un campo de refugiados en Belgrado porque el invierno era imposible de llevar durmiendo en la calle", cuenta sin soltar su manta naranja, a la que se abraza ahora en Horgos las veinticuatro horas del día. Al tiempo que comprobaba día tras día que las condiciones de vida en los campos de refugiados de Serbia "ni siquiera brindan las necesidades mínimas para subsistir", interiorizaba que las opciones de llegar a Europa por las vías legales eran cada vez menores, pues su única opción era solicitar asilo en una Hungría que ha manifestado pública y reiteradamente su fobia hacia los inmigrantes.

   Tras ocho meses en Belgrado decidió probar suerte e intentar cruzar "de autónomo" la famosa frontera y lograr llegar hasta España, "la patria de mis abuelos". Y ahí está ahora, durmiendo cada noche en una casa abandonada a escasos metros de la valla electrificada, vigilada y rodeada de perros de presa que separa Serbia de Hungría y que cada noche varios grupos de jóvenes tratan de cruzar.

   Las organizaciones calculan que en la frontera norte del país, entre Horgos y Subotica -la 'capital' de la zona- se encuentran unos cuatrocientos varones que se quedaron atrapados tras el acuerdo que firmó la Unión Europea con Turquía en marzo de 2016 y que supuso no solo la externalización de las fronteras europeas, encargando el control sobre la migración a Turquía, sino también el cierre a cal y canto de esta ruta por la que desde 2015 y hasta el bloqueo pasaron cientos de miles de personas.

EL 'GAME'

   En los bosques viven cientos de hombres, la mayoría jóvenes y no acompañados, que saben que por su nacionalidad tienen muy escasas o nulas posibilidades de conseguir asilo, razón por la que no piden entrar en ninguno de los campos de refugiados de la región, ya que seguramente serían recibidos con una orden de deportación. Jorge intenta cada pocas noches superar el 'Game', macabro nombre que los migrantes y solicitantes de asilo han otorgado al hecho de tratar de cruzar la valla húngara. Durante la noche y en grupos numerosos se aproximan al muro con la idea de romper alguna de las alambradas y colarse en territorio húngaro, pero casi siempre con poco éxito. El último 'Game' exitoso, hace aproximadamente un mes, lo protagonizaron 84 personas de las que la policía solo pudo capturar a 12, pero esa vez no era el turno de Jorge y su nueva familia pakistaní.

    El día a día en la 'jungle' suele ser rutinario, aunque cada uno tiene sus propios quehaceres. Jorge va a cumplir nueve meses viviendo con personas a las que dobla la edad y cuyas culturas están a años luz de tener algo que ver. "Las conversaciones no faltan, aunque algunas veces me veo en medio del círculo sin poder entender nada de lo que hablan", dice. Pese a ello, "el trato hacia mí es preferencial. Independientemente de la religión, la cultura y todas nuestras diferencias, todo el tiempo se preocupan de cómo me siento y me hacen sentir como un huésped de honor". Lo más duro para alguien de sangre cubana quizá sea el frío, aunque seguramente ni un millón de mantas consiguieran darle el tipo de abrigo que necesita. "También es difícil para mí adaptarme a sus comidas", explica, mientras describe que está cansado de los platos excesivamente picantes de los asiáticos. Nueve meses comiendo arroz con chili, tortas de harina y, con suerte, huevos una vez a la semana, empiezan a hacérsele cuesta arriba, pero las organizaciones no tienen recursos para más.

    Igualmente difícil es no poder contactar con su familia. Si al hecho de que "Cuba es uno de los países con las tarifas telefónicas más caras del mundo" se agrega "la casi nula conectividad a Internet", el resultado es una limitadísima comunicación entre los habitantes de la isla y aquellos que están fuera. "En mi caso particular no he podido hablar directamente con mi madre o hermana desde que abandoné Cuba", lamenta el ingeniero.

   No puede volver a Cuba, pues después de haber desertado del país eso supondría, según explica, el no poder acceder a un empleo en lo que le queda de vida. Su única opción, por tanto, es llegar a España y pedir asilo. Encontrar un trabajo y poder ayudar a su familia, aunque aceptando que cabe la posibilidad de que no la vuelva a ver.

    Hasta el sábado los voluntarios no volverán a llevarles comida. Es peligroso tanto para ellos, por la presión policial que se ejerce en la zona contra los actores humanitarios, como para los propios migrantes y refugiados, que se exponen del mismo modo a las fuerzas de seguridad, mucho menos benevolentes todavía con ellos que con los de rasgos europeos. Jorge seguirá comiendo pan y arroz con chili y seguirá cada noche tratando de ganar el 'Game' para demostrarse a sí mismo que todo este tiempo tuvo sentido. Si no lo logra, y como la mayoría de los voluntarios son españoles, al menos el sábado volverá a tener con quién conversar un rato en castellano.