Publicado 01/07/2021 17:29CET

La dinámica del clima fue la clave para el fin de los mastodontes

El anochecer cae en la cuenca de Turkana en África oriental hace millones de años
El anochecer cae en la cuenca de Turkana en África oriental hace millones de años - JULIUS CSOTONYI

   MADRID, 1 Jul. (EUROPA PRESS) -

   Los mastodontes fueron empujados a la extinción por olas de cambio ambiental global extremo y no por la caza excesiva de los primeros humanos.

   Una nueva investigación publicada en Nature Ecology & Evolution cuestiona las tesis de que los primeros cazadores humanos masacraron a los elefantes, mamuts y mastodontes prehistóricos hasta extinguirlos durante milenios. Por el contrario, sus conclusiones indican que la extinción de los últimos mamuts y mastodontes al final de la última Edad de Hielo marcó el final del progresivo declive global de los elefantes impulsado por el clima durante millones de años.

   Aunque hoy en día los elefantes se limitan a tres especies en peligro de extinción en los trópicos africanos y asiáticos, éstas son supervivientes de un grupo de herbívoros gigantes que en su día fue mucho más diverso y extendido, conocido como los proboscídeos, entre los que también se encuentran los mastodontes, los estegodontes y los deinoterios, ahora completamente extinguidos. Hace sólo 700.000 años, en Inglaterra había tres tipos de elefantes: dos especies gigantescas de mamuts y el igualmente prodigioso elefante de colmillos rectos.

   Un grupo internacional de paleontólogos de las universidades de Alcalá, Bristol (Reino Unido) y Helsinki (Finlandia), dirigió el análisis más detallado hasta la fecha sobre el ascenso y la caída de los elefantes y sus predecesores, que examinó cómo se adaptaron 185 especies diferentes, abarcando 60 millones de años de evolución que comenzaron en el norte de África.

   Para indagar en esta rica historia evolutiva, el equipo estudió las colecciones de fósiles de museos de todo el mundo, desde el Museo de Historia Natural de Londres hasta el Instituto Paleontológico de Moscú. Al investigar rasgos como el tamaño del cuerpo, la forma del cráneo y la superficie de masticación de sus dientes, el equipo descubrió que todos los proboscídeos se encuadraban en uno de los ocho conjuntos de estrategias adaptativas.

   "Sorprendentemente, durante 30 millones de años, toda la primera mitad de la evolución de los proboscídeos, sólo evolucionaron dos de los ocho grupos", señala en un comunicado el doctor Zhang Hanwen, coautor del estudio e investigador honorario asociado a la Escuela de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Bristol.

   "La mayoría de los proboscídeos durante este tiempo eran herbívoros anodinos que oscilaban entre el tamaño de un carlino y el de un jabalí --añade--. Unas pocas especies llegaron a ser tan grandes como un hipopótamo, pero estos linajes eran callejones sin salida evolutivos. Todos se parecían poco a los elefantes".

   El curso de la evolución de los proboscídeos cambió radicalmente hace unos 20 millones de años, cuando la placa afroárabe chocó con el continente euroasiático. Arabia proporcionó un corredor migratorio crucial para que las especies diversificadas de mastodontes exploraran nuevos hábitats en Eurasia, y luego en América del Norte a través del puente terrestre de Bering.

   "En nuestro estudio se ha cuantificado por primera vez el impacto inmediato de las dispersiones de los proboscídeos más allá de África", afirma el autor principal, el doctor Juan Cantalapiedra, investigador principal de la Universidad de Alcalá.

   "Esas especies arcaicas del norte de África evolucionaban lentamente y se diversificaban poco, pero hemos calculado que, una vez fuera de África, los proboscídeos evolucionaron 25 veces más rápido, dando lugar a una miríada de formas dispares, cuyas especializaciones permitieron la división de nichos entre varias especies de proboscídeos en los mismos hábitats --prosigue--. Un ejemplo de ello son los enormes y aplanados colmillos inferiores de los 'shovel-tuskers'. Esta coexistencia de herbívoros gigantes no se parece a nada en los ecosistemas actuales".

   El doctor Zhang explica que "el objetivo del juego en este período de auge de la evolución de los proboscídeos era "adaptarse o morir". Las perturbaciones del hábitat eran implacables y estaban relacionadas con el clima global, siempre cambiante, y promovían continuamente nuevas soluciones adaptativas, mientras que los proboscídeos que no seguían el ritmo eran, literalmente, dados por muertos.

   Los mastodontes, entonces muy diversos y extendidos, acabaron reduciéndose a menos de un puñado de especies en América, incluido el conocido mastodonte americano de la Edad de Hielo".

   Hace 3 millones de años, los elefantes y estegodontes de África y Asia oriental parecían haber salido victoriosos de este incesante trinquete evolutivo. Sin embargo, la alteración del medio ambiente relacionada con la llegada de la Edad de Hielo les afectó mucho, y las especies supervivientes se vieron obligadas a adaptarse a los nuevos y más austeros hábitats. El ejemplo más extremo fue el mamut lanudo, con un pelo grueso y desgreñado y grandes colmillos para recuperar la vegetación cubierta por la espesa nieve.

   Los análisis del equipo identificaron picos de extinción de proboscídeos finales a partir de hace unos 2,4 millones de años, 160.000 y 75.000 años para África, Eurasia y América, respectivamente.

   "Es importante señalar que estas edades no delimitan el momento exacto de las extinciones, sino que indican los momentos en los que los proboscídeos de los respectivos continentes pasaron a estar sometidos a un mayor riesgo de extinción", señala Cantalapiedra.

Inesperadamente, los resultados no guardan relación con la expansión de los primeros humanos y su mayor capacidad para cazar megaherbívoros.

   "No habíamos previsto este resultado --admite Zhang--. Parece como si el amplio patrón global de extinciones de proboscídeos en la historia geológica reciente pudiera reproducirse sin tener en cuenta los impactos de las primeras diásporas humanas".

   De forma conservadora, nuestros datos refutan algunas afirmaciones recientes sobre el papel de los humanos arcaicos en la extinción de los elefantes prehistóricos, desde que la caza mayor se convirtió en una parte crucial de la estrategia de subsistencia de nuestros antepasados hace alrededor de 1,5 millones de años", subraya.

   "Aunque esto no quiere decir que hayamos refutado de forma concluyente cualquier implicación humana --puntualiza--. En nuestra hipótesis, los humanos modernos se asentaron en cada masa terrestre cuando el riesgo de extinción de los proboscídeos ya había aumentado. Un depredador social ingenioso y altamente adaptable como nuestra especie podría ser el cisne negro perfecto para dar el golpe de gracia".

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