Ricardo Lagos: "Lo más duro fue informar al pueblo sobre torturas en la dictadura"

Actualizado 21/06/2016 14:02:59 CET
Ricardo lagos
AFP/GETTY

MADRID, 7 Nov. (Lara Lussón - Notimérica) -

   Cuando Salvador Allende asumió la presidencia de la república de Chile, el 5 de septiembre de 1970, sus primeras palabras fueron “Esto que hoy germina es una larga jornada, yo solo tome la antorcha que encendieron los que antes lucharon junto al pueblo y con el pueblo. El pueblo entrará conmigo a La Moneda”.

   Treinta años después, en el año 2000, Ricardo Lagos alcanzó la presidencia con el reto indiscutible de devolver el socialismo al punto donde Allende lo dejó el mismo día en que Augusto Pinochet entró con sus tropas al palacio presidencial e instauró una dictadura que duró 15 años y a la que siguieron otros diez de gobiernos liberales.

   Hace unos días, Lagos concedió en Madrid una entrevista a Notimérica entre anécdotas constantes con figuras como George Bush o Tony Blair, como quien habla de un amigo cualquiera. Habló de política, de actualidad, de medidas sociales o del eterno conflicto con Bolivia por su salida al mar; pero dedicó un tiempo importante de la charla a recordar lo dura que fue la decisión de hacer público el informe sobre Prisión Política y Tortura que elaboró la Comisión Nacional con el fin de esclarecer qué ocurrió realmente durante la dictadura de Pinochet.

Notimérica: Presidente, para zanjar las especulaciones, ¿se va a presentar de nuevo a las elecciones? Usted sigue muy activo en la política y hay una gran parte de la población que parece que respaldaría esta decisión.

Lagos: ¿Ha visto mi cédula de identidad? Creo que eso es suficiente. Yo goberné seis años, me pareció que era un periodo suficiente y no pensé en volver en su momento aunque algunos de los compañeros me dijeron que reconsiderara mi decisión. No me considero en esa carrera en absoluto, pero eso no quita que obviamente me preocupe lo que pase en Chile.

N: Y si tuviera 20 años menos... ¿le gustaría dirigir el país de nuevo?

L: No estoy seguro. Mire, en el siglo XX, Arturo Alessandri y Carlos Ibáñez fueron reelectos y los dos están en los libros de historia por lo que hicieron en la primera presidencia y no en la segunda. ¿Le queda claro? Me producen envidia los europeos, porque tienen una gran capacidad para elegir a candidatos jóvenes que no tenemos en América Latina. Hay una capacidad de renovación que yo no me planteo a mis 77 años.

N: ¿Qué cree que le quedó pendiente por hacer durante aquellos años de mandato que ningún presidente chileno haya hecho todavía?

L: Lo más difícil era poner a los militares donde corresponde y eso lo hicimos, también saqué la Ley de Divorcio, pero cuando eres gobernante siempre tienes la sensación cuando te vas a dormir de que te quedaron cosas que no alcanzaste a hacer ese día, pero ya la harás mañana. Hasta que de repente el mañana se acabó y te quedas con la sensación de que faltó mucho que avanzar, por ejemplo, en infraestructuras o en energía. Traté de cambiar la Constitución, pero también el contexto es el que te permite tener más o menos grado de libertad.

N: ¿Cuál era su grado de libertad?

L: Yo siempre digo que gobernar es correr las vallas de lo que se puede hacer. El que llega va a correrlas a partir de lo que tú fuiste capaz de hacerlo antes, en cultura, en educación, en salud... Tú construyes sobre los hombros de tu antecesor, para bien o para mal. La gente piensa que la historia comienza cuando tú llegas a la Presidencia, pero la realidad es que la historia empezó antes.

N: Habla de educación y de salud. ¿Cree que en un plazo razonable -5 o 10 años- Chile podrá presumir de tener una educación y una sanidad públicas y de calidad?

L: Me gustaría que esto sea posible en ese periodo de tiempo, pero cuando creamos que estamos cerca de aquello vamos a descubrir que no lo hemos alcanzado, porque habrá una educación de calidad y pública, pero no habremos asimilado que igualdad de oportunidades implica aprender a discriminar y dar más donde hay menos.

N: ¿Comprende las propuestas de los estudiantes?

L: Por supuesto. La protesta estudiantil es el resultado de que cambiaste a Chile. En 1990 había 200.000 estudiantes universitarios y ahora hay 1,2 millones. El problema es que ahora tienen que pagar por ello y lo que no es justo es no poder estudiar por no tener plata.

Y es allí donde descubres que era más fácil manejar el país con 200.000 estudiantes que con 1,2 millones. Esto último es un gran éxito cuantitativo, pero cualitativamente esos 200.000 tenían una educación de calidad en promedio superior a la del 1,2 millones. Esto lleva a un doble desafío: cómo estableces y mejoras calidad y cómo mejoras acceso.

N: Es frustrante de Chile que, siendo uno de los países más avanzados de Latinoamérica, también sea el que tiene una de las brechas entre clases más grande del continente. El sueldo mínimo está en 220.000 pesos (unos 350 euros). ¿Considera que con ese dinero una persona puede vivir por ejemplo en la capital, en Santiago de Chile?

L: No, obviamente que no. Sin embargo, ahora hay mucha migración hacia Chile, por ejemplo de República Dominicana, que me dice "señor, es que lo que yo mando a mi casa les da para llegar a fin de mes". Ese sueldo mínimo que usted dice que no alcanza para nada, y con razón, hay a quien le permite incluso enviar dinero a sus casas. Es una cosa insólita.

Ahora, lo que ocurre es que en 20 años el país ha cambiado y el problema de la clase dirigente es que no han cambiado de agenda. Efectivamente, Chile ha sido históricamente un país muy desigual, hemos mejorado en algo el índice de Gini, pero no tiene sentido ir a decirle a la gente "vámonos a la calle a celebrar porque bajó el Gini". Lo que la gente ve son diferencias enormes. Hay dos países, los que viven en Dinamarca y los que viven en algún pueblo en medio de África. Eso es Chile.

N: ¿Cuál fue la decisión más dura que tuvo que tomar en su mandato?

L: A lo mejor podría decir que fue pedirle la renuncia a un comandante de la fuerza aérea por un tema de violación de derechos humanos, pero lo más duro de todo fue presentar al país el informe sobre Prisión Política y Tortura y explicar que eso era como haber revivido el infierno.

No sabíamos si guardar esa información o si Chile debía ser un país maduro para afrontar la realidad de que hubo chilenos que torturaron a otros chilenos a sabiendas de lo que hacían. Algunos consideraron que era un trabajo burocrático. Que decían al torturado "qué tal, ya son las 10, tomémonos un cafecito y volvamos en 15 minutos". Y volvían a las torturas.

N: ¿Cuál fue el testimonio que más le marcó?

L: Hubo un caso que me marcó especialmente. Aprovechando esos 15 minutos, un torturador, sabiendo que el torturado era un distinguido médico, le pidió que le tratara. Lo hizo y al rato siguiente continuaron las torturas. ¿Tú concibes eso? 35.000 chilenos declararon, 29.000 fueron reconocidos como torturados y se produjo una gran discusión sobre si publicar o no el informe. Decidí que sí, porque gracias a su declaración supimos lo que había ocurrido.

N: ¿Cómo se pudo comprobar que sus testimonios eran reales?

L: Porque en cada centro de detención se hacían unas torturas u otras, así que venía gente a declarar y sabíamos si decían la verdad o si estaban mintiendo según lo que nos contaban que habían vivido. La última cuestión fue decidir si publicar sus nombres o si se les identificaba con números. Yo no quería que los presos fueran números, pero para mi sorpresa el informe terminó publicándose así. La gente se me acercaba y me decía “soy el 14.523”. Fueron decisiones muy difíciles.

N: En un primer momento usted estableció una cláusula para publicar el informe por la que todo lo que la gente declaró a la Comisión no sería desvelado a los ciudadanos hasta pasados treinta años. Finalmente se estableció que serían cincuenta. ¿Cuál fue la razón?

L: Estos informes son para conocer la verdad, no para hacer justicia, ya que esta se hace en los tribunales. Creí que estaba todo claro después de decir esto. Se hizo el informe y añadí, efectivamente, que lo que la gente declarara sería reservado durante 30 años. A nadie le gusta que se sepa que le metieron ratones en los genitales, ¿verdad?

Un día vino una señora a la Moneda y me dijeron que insistía en verme. Me miró desafiante y me dijo "Míreme, soy joven todavía, ¿verdad? Vengo a decirle que 30 años es poco. Señor, me torturaron cuando tenía 15 años, infinitas veces, lo describí todo. Espero llegar a los 80 y no quiero que mientras viva mis nietos sepan lo que le pasó a la abuela”. Ella me pidió que las declaraciones fueran secretas durante 50 años y no lo dudé.

N: ¿Qué le diría a quienes consideran que tomó esa decisión para que no se pudiera seguir investigando?

L: La pena es que preguntas a un joven en Chile y dice "y Lagos hizo que esto fuera secreto por 50 años para que no se pudiera seguir investigando". Yo a esos jóvenes les digo que no entendieron nada. Si la señora quiere que se haga justicia, junto con declarar en el informe se va a los tribunales. Pero nos estaba hablando de su dignidad. ¿Qué hay más sagrado? En las regiones, muchos de los torturadores y los torturados son conocidos, la gente en los pueblos les pone cara.

N: El libro ‘Los zarpazos del puma’, de Patricia Verdugo, lo describe muy bien.

L: Por supuesto, ahí está todo, es una lectura muy recomendable para todo aquel que no vivió la dictadura.

N: Usted ha sido enviado especial de Naciones Unidas para el cambio climático. Hace unos meses un escritor me dijo "puedes decir que la ONU es una mierda y aciertas, pero sin ella nos iría peor". ¿Cuál es su opinión sobre esta institución?

L: Que para que la gobernanza mundial sea efectiva tenemos que aceptar que a la ONU le falta imperio; le falta la capacidad de exigir que algo se haga. Ha tenido aciertos, por supuesto, por lo menos sigue siendo un cuerpo con una autoridad moral, pero el drama es que Naciones Unidas implica un veto.

Aunque se supone que todos los países somos iguales, lo cierto es que unos son más iguales que otros y eso obedece a una realidad del mundo. Ahora, también entiendo lo difícil que sería modificar la ONU.

N: ¿Qué propondría usted?

L: Hace unos años, en una reunión en Hungría de presidentes que nos denominábamos progresistas en la que estaban José Luis Rodríguez Zapatero, Bill Clinton, Tony Blair, o Massimo Dalema, entre otros, salió la discusión de Naciones Unidas y el Consejo de Seguridad. Yo dije "esto es muy simple. No vamos a pretender que uno de los cinco deje de ser cinco [en referencia a los cinco países que tienen derecho a veto], pero pongamos a dos o tres más y exijamos doble veto. Que para vetar tenga que haber 2 votos”.

Le dije a Blair “Tony, ¿tú qué harías con el doble veto?” y su respuesta fue “Lo veto, antes de que me vengan con el doble veto pues lo veto”. No pude más que pensar lo difícil que era estar presente en el momento del intento de recreación de la ONU. Modificar lo que ya se creó es mucho más difícil.

N: Hablaba al comienzo de la entrevista de que usted trató de modificar la Constitución. Recientemente ha criticado que la Constitución chilena está llena de neoliberalismos. ¿Cree que existe una alternativa al capitalismo en un mundo tan globalizado?

L: Para que funcione el capitalismo requiere reglas; y las reglas significan política. Si me permite una crítica a Europa, cuando te dice un primer ministro “es que los mercados no me van a entender”, yo me pregunto quiénes son los mercados. No los conozco.

Lo que sí conozco es que EEUU tras su mayor crisis económica dijo “voy a imprimir billetes y voy a salir adelante” y aquí ustedes dijeron “austeridad”.

N: ¿Qué le parece a usted la austerdidad?

L: Pues está a la vista. Mire el resultado que tienen en Europa, que están todos afligidos por la crisis de Grecia que es menos del 3% del PIB total de la Unión Europea. Claro que tenemos impregnado el liberalismo, pero funcionará siempre que haya reglas y no corrupción.

N: Esa misma corrupción este último año ha salpicado al hijo de la presidenta chilena, Michelle Bachelet. ¿Cree que ella debería dimitir en caso de que hubiese una sentencia firme contra su hijo?

L: Qué culpa tendrá la madre de lo que haga el hijo.

 

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