El drama de la inmigración: Eveline huyó de un marido maltratador en Perú y hoy duerme en las calles de Madrid

Eveline
NOTIMÉRICA
Actualizado 30/10/2018 12:17:08 CET

   MADRID, 30 Oct. (Notimérica) -

   La de Eveline Martínez es una historia triste. Aunque se intente disfrazar con cierto toque de optimismo, no deja de ser muy triste. De esas que uno desearía no tener que contar, pero también de esas que deben ser contadas para crear sensibilidades y empatías. Eveline llegó a España hace casi tres meses huyendo de Perú de un marido maltratador que intentó quitarle la vida en dos ocasiones. Llegó con una mano delante y otra detrás y así sigue, durmiendo con unos cartones y alguna manta en la calle ahora que las temperaturas en Madrid han descendido en picado.

   Amanece en la céntrica plaza de Colón hacia las siete de la mañana, pero ella lleva despierta toda la noche. Salvo alguna cabezada, el miedo a sufrir cualquier tipo de ataque le mantiene en vela. A esa hora comienza a recoger sus pocas pertenencias y empieza su periplo por los distintos centros de caridad que hay en la capital española buscando no solo algo que llevarse a la boca, sino también algún contacto que le proporcione un trabajo. Llegó con una visa de turista que le expira en los próximos días y sabe que su situación cambiará desde ese momento, cuando su estancia en el país será irregular administrativamente.

   Eveline tiene 54 años y seis hijos a los que ha tenido que dejar en Perú. Tras 23 años de matrimonio lleno de malos tratos, en los que ella siempre aguantó "hasta que sus hijos fueran mayores", sus padres le obligaron a marcharse cuando descubrieron que en pocos meses el hombre había intentado ahorcarla y después la apuñaló. Esto último ocurrió en el mes de junio de este año. En privado, y en una sala del Centro Abierto para Mujer que Cáritas tiene en el corazón de Madrid, baja su pantalón para mostrar la cicatriz que le dejó el cuchillo en su fémur y llora, como cada mañana cuando se ducha y vuelve a ver la herida.

   Trabajó durante diez años en una fábrica conservera de atún, a pesar de la negativa de su marido. A ella no le importó, porque a él, carpintero de profesión, "muchas veces le faltaba trabajo y yo quería pagar buenos estudios a mis hijos", relata a Notimérica. Era precisamente durante esos periodos, los de la escasez de encargos, cuando la agresividad de su marido se volvía aún mayor. Cuando acudía a la comisaría a denunciar la respuesta era siempre la misma: 'Señora, estas cosas pasan en todos los hogares'.

   Cuando se recuperó de la puñalada y trató de volver a la fábrica, le dijeron que ya no había lugar para ella. Coincidiendo con el éxodo masivo de venezolanos y la llegada de cerca de medio millón a Perú, vio como su trabajo era sustituido por "mano de obra cinco veces más barata". Con este panorama, los padres de Eveline pidieron un crédito bancario para pagarle un billete de avión rumbo a España. Fue la única salida que encontraron para poner fin a la situación de malos tratos que su hija llevaba diez años viviendo.

   "Llegué con muchas ganas", recuerda mientras bebe un café caliente y lamenta el dolor de huesos con el que se levanta cada mañana por culpa del frío. "Solo necesito una oportunidad, pero tengo 54 años y aunque yo me siento en mi mejor momento, nadie me contrata", añade. Está buscando trabajo de interna como empleada del hogar, pues sabe que sin estudios es la vía más fácil para ganar un sueldo que poder enviar a sus hijos para que sigan estudiando. De los seis, los cuatro mayores ya están en la universidad, aunque paradójicamente el mayor de todos ha tenido que dejar sus estudios de derecho --que empezó precisamente para defender a su madre-- para poder pagar la comida de sus hermanos.

   Los primeros días en Madrid los pasó en un hotel con el poco dinero efectivo que había traído y después estuvo algo más de un mes en la iglesia de San Francisco del barrio de Carabanchel, donde le daban techo a cambio de limpiar toda la parroquia. Tras comprobar que esa situación podía alargarse sin encontrar trabajo, decidió trasladarse al centro de la capital, aunque el precio a pagar fuera tener que dormir en la calle. Preguntó en varios albergues si podía acceder a una cama, pero todos estaban llenos, así que se vio obligada a comenzar a dormir en la calle. "Por supuesto" su familia no conoce esta situación. "Me obligarían a volver, pero yo necesito estar aquí, trabajar y devolver a mis padres el dinero del crédito que pidieron para sacarme de Perú", confiesa.

BÚSQUEDA DE TRABAJO

   Una vez recogidos sus bártulos, comienza cada día su recorrido por distintos centros de atención social. Visita el centro de los Padres Capuchinos en busca de una tarjeta que le dé acceso a una bolsa de trabajo, después el centro para mujeres de Cáritas --al que acude a ducharse, poner la lavadora y acceder a Internet para comunicarse con sus hijos a través de su viejísimo teléfono móvil-- y por la tarde se acerca hasta Mensajeros de la Paz, la fundación del Padre Ángel que tiene un programa destinado a la atención a mujeres en riesgo de exclusión. "El problema de todos estos lugares es que cierran de noche y tengo que volver a la calle", lamenta.

   Todas las horas que pasa en la calle lo hace sola, no habla con nadie. "Me desespero, la calle no es bonita y los hombres te acosan", explica mientras inconscientemente se lleva la mano a la cicatriz que le dejó la puñalada de su marido. Su trauma con los hombres le hace no ser ni siquiera capaz de hablar con ellos. Su única esperanza, y también la motivación, es encontrar un trabajo pronto, pues el invierno ha llegado a las calles de Madrid y sigue sin plaza en ningún albergue.

   "¡Estoy en crisis y me duelen los huesos!", grita en un momento preguntándose cómo es posible que haya llegado a esta situación cuando, pese a todo, hasta hace unos meses tenía su trabajo, su sueldo y a su familia cerca. Cuando no puede más acude a hablar con una psicóloga que le ha asignado Mensajeros de la Paz.

   Su abuelo era vasco, razón por la cuál la legislación española le otorgaría la nacionalidad si pudiese presentar la cartilla de nacimiento del hombre. Cartilla que no sabe dónde está, por lo que no puede demostrar el parentesco. Y pese a todo, cuando siente que está teniendo un momento de caída, rápidamente cambia la entonación porque sabe que ella tiene que ser su mayor apoyo: "Estoy pasando una prueba muy fuerte, pero rendida no me voy a ir. Tengo mucho trauma y mucho miedo, pero pesa más la esperanza de encontrar un trabajo y la ilusión de sacar a mis hijos adelante".

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