Los iberoamericanos, principales afectados por el opaco negocio del reparto de folletos en Madrid

Metro de Madrid
LARA LUSSON
  
Actualizado 06/09/2018 12:05:27 CET

   MADRID, 3 May. (Notimérica)

   Nada más salir de la madrileña estación de metro de Cuatro Caminos, una mujer venezolana trata de vender las hortalizas que lleva en dos grandes bolsas de plástico. Al terminar de subir las escaleras para salir a la superficie desde el suburbano, Madrid se rompe en dos. A un lado, hacia la calle Santa Engracia, el estilo de vida propio del barrio de Chamberí, uno de los más cotizados de la capital española. Al otro, enfilando Bravo Murillo, el corazón del obrero barrio de Tetuán.

   Tradicionalmente cuna de la comunidad inmigrante, fundamentalmente iberoamericana pero también subsahariana y del Magreb, en Tetuán se abren paso centenares de comercios regentados por latinos. Desde restaurantes hasta comercios de ropa y calzado, compraventa de oro y joyas, así como clínicas dentales o centros de estética.

   Como parte del negocio, a las puertas de la mayoría de ellos se encuentran personas tratando de captar clientes a base de repartir folletos informativos con publicidad sobre el local en cuestión. Notimérica ha tratado de conseguir información sobre este modelo empresarial, pero lo cierto es que la mayoría de los trabajadores iberoamericanos que fueron preguntados mostraron su miedo a hablar abiertamente.

   A pocos metros de la plaza de Cuatro Caminos, Andrés eleva la voz cada pocos segundos para recordar a los transeúntes que pueden vender sus pertenencias de oro a buen precio en el local de su jefe. Es venezolano y no quiere ni oír hablar de periodistas ni explicar sus condiciones laborales. Llegó a España hace tres años y durante ese tiempo ha tenido que buscarse la vida con trabajos temporales, siempre sin contrato por su situación de irregularidad en el país.

   Avanzando unos pocos metros por Bravo Murillo, otra voz dominicana advierte de las insuperables ofertas de la agencia de viajes para la que trabaja. En esta ocasión, sus palabras son más tajantes: "Le respondería acerca de mis condiciones con mucho gusto, pero no me conviene por la empresa".

ENTRE CUATRO Y CINCO EUROS LA HORA

   Más arriba Juan, de origen cubano y que reparte publicidad sobre un salón de belleza, cita a Notimérica unas horas más tarde, cuando sus jefes ya no estén en el establecimiento. Es él quien arroja algo de luz sobre la precariedad de este negocio de los captadores. La mayoría sin papeles ni residencia con posibilidad de trabajo, cobran entre cuatro y cinco euros la hora y trabajan una media de seis horas al día. En total, menos de treinta euros diarios por los que además no cotizan a la seguridad social.

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   "Qué podemos hacer, somos inmigrantes irregulares y tenemos que dar de comer a nuestras familias", relata. Juan llegó a España hace dos años pero su familia --mujer y dos hijos--, a la que envía periódicamente dinero, continúa en Cuba. A esto hay que sumar que las casas de envío de divisas suelen cobrar comisiones tan elevadas que es posible que entre un diez y un quince por ciento del dinero ahorrado se pierda solo por el hecho de enviarlo.

   Subiendo la misma calle hacia Plaza Castilla, en la puerta de una clínica dental Juliano informa a una mujer de las nuevas ofertas del mes. Es peruano y tras varios años encadenando trabajos sin contratos, por fin ha logrado regularizar su situación. El dueño de la franquicia, también de nacionalidad peruana, le ha ofrecido un contrato de trabajo que no llega a los 800 euros, pero le permite llevar una vida "media" en Madrid. Trabaja de 9:00 a 14:00 y de 15:30 a 18:00, pero lo que más valora es acudir a su puesto de trabajo de lunes a viernes y tener los fines de semana libres.

ANSIEDAD Y ESTRÉS DIARIO

   Como conocedor del negocio, pero desde la tranquilidad de tener un contrato estable y unas condiciones laborables dignas, con cotización y vacaciones, puede hablar del oscuro negocio que rodea al reparto de estos folletos publicitarios. Según cuenta, los empresarios se aprovechan de la situación desesperada de muchos compatriotas latinos para atraer a más clientela a sus negocios.

   "Por aquí pasa muchísima gente. Cuando no son rentables porque no captan lo que el dueño quiere, les echan y al día siguiente tienen a otra persona", lamenta Juliano. Él también pasó por varios trabajos en esas condiciones y recuerda la ansiedad que le provocaba. "Ya no es solo por el poco dinero, es muy estresante ver que pasan las horas y no logras captar clientes; porque sabes que un día puede pasar, o dos, o una semana, pero te acabarán despidiendo", afirma antes de recordar que "aquí vivimos al día, no tenemos ahorros, por lo que si nos despiden, al día siguiente nuestras cuentas están a cero".

   Bravo Murillo y sus calles aledañas son una especie de 'Milla de Oro' gastronómica iberoamericana. Tan solo en el barrio de Tetuán hay contabilizados más de diez restaurantes peruanos, además de argentinos, mexicanos o dominicanos. El encargado de lograr que entren comensales a uno de estos peruanos es Pedro, nombre ficticio de un joven de 22 años que llegó a España hace menos de una semana.

   Salió de Perú con la esperanza de encontrar en España una nueva vida y condiciones laborales mejores que aquellas a las que podría aspirar en su país. Por el momento tiene visado para tres meses, en los que puede moverse por el país libremente, pero su intención es quedarse en Madrid aunque sea con una situación administrativa irregular una vez que expire este visado.

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   Dos días después de su llegada ya trabajaba como captador gracias a que un tío suyo, residente en España también, le consiguió el trabajo. Cobra exactamente cinco euros por cada una de las cinco horas que trabaja diarias, incluyendo sábados y domingos. Aunque los propietarios del establecimiento no le han exigido un número de comensales por día, sabe que si no logra atraer al suficiente público le despedirán y tendrá que buscarse un nuevo modo de subsistencia. Ha llegado a España sin ningún tipo de ahorro y también es consciente de que hasta dentro de dos años no podrá solicitar un permiso de residencia por arraigo.

   Como estos, decenas de casos más que no han querido hablar con este medio reconociendo abiertamente que lo hacen por miedo a perder su puesto. La información acerca del negocio del reparto de folletos informativos es completamente opaca y los empresarios consultados tampoco quieren hacer declaraciones, aunque varios de ellos sacan pecho de que "al menos están dando trabajo a quien lo necesita".