Actualizado 20/05/2014 22:49 CET

José Mujica, un "Quijote vestido de Sancho"

José Mujica.
Foto: REUTERS

MONTEVIDEO, 20 May. (Notimérica/EP) -

   El presidente de Uruguay, José Mujica, es ante todo, una persona coherente. En una etapa de la historia en la que se defiende a ultranza que la felicidad va unida a la acumulación material, su discurso, utópico en la práctica, pero no en el contenido, florece en forma de vergel en medio del yermo espiritual, social, político y cultural que la sociedad de consumo y el capitalismo imponen.

   Alejado de las frivolidades y excesos de la política actual, que tanto rechazo está ocasionado en la cada vez más precaria sociedad civil, Mujica se erige como referente moral e intelectual de millones de ciudadanos, quienes contemplan con admiración y simpatía a un tipo que cita a Séneca para corregir la inexactitud que existe en considerarle el 'presidente pobre', pues "pobre es quien necesita mucho"; y a Antonio Machado, para explicar que el día que parta definitivamente, lo hará "ligero de equipaje".

   La coherencia y sensatez de sus palabras, unidas a las constantes referencias a los sueños por conseguir una sociedad más justa e igualitaria, en un mundo que se empecina en impedir, le convierten en una suerte de "Don Quijote ataviado como Sancho", como le recordaron una vez en una entrevista que concedió a un medio de su país.

   El antagonismo que mana de esta contradictoria descripción se comprende una vez se observa la postura que Mujica adopta para enfrentarse a los particulares molinos de viento a los que Uruguay ha de hacer frente: la educación, la pobreza, la desigualdad social, el narcotráfico, etc.

   Como si del mismísimo ingenioso hidalgo se tratara, arremete contra estos colosales retos, pero con una ventaja que no poseía el celebérrimo personaje de Miguel de Cervantes: la cordura y mesura de la que sí hacía gala su escudero, el contrapunto de la historia, Sancho Panza.

   "La patología de la izquierda es el infantilismo" dijo hace poco durante una de sus últimas entrevistas. El equívoco permanente, explicó, que supone confundir la ilusión con la realidad. "Soy socialista, no estúpido", aclaró.

UN HOMBRE PRAGMÁTICO

   El presidente uruguayo, recién cumplidos los 79 años, lleva dignificando la política desde finales de los años 80, cuando abandonó las armas una vez cayó la dictadura militar (1973-1985). Herido y perseguido, el último periodo de detención de Mujica duró trece años, durante los cuales fue torturado, humillado y castigado, entre otras cosas, como él bien dijo, sin leer.

   Diputado por Montevideo en 1994, pronto comenzó a ganar notoriedad  poniendo en el tablero político el descontento general del pueblo uruguayo. Cinco años más tarde fue elegido senador y ya en 2005 fue designado ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca en el Gobierno de Tabaré Vázquez.

   En 2008 deja el cargo y las especulaciones sobre su eventual postulación a la Presidencia por el Frente Amplio se hacen realidad cuando asume el cargo en 2010, después de obtener algo más de la mitad de los votos en las elecciones generales de octubre de 2009.

   Humilde, no solo en el vestir y en el vivir, sino también en su mensaje, de lo único que saca pecho es de su profundo pragmatismo, con el cual, asegura, se ha conseguido luchar contra la pobreza o la injusticia social en Uruguay, que en los últimos años bajó sus índices de pobreza del 39 al 6 por ciento y se situó como el país de América Latina con mejor ingreso per cápita, además de recibir inversiones millonarias extranjeras sin precedentes.

   Ahora, a pocos meses de dejar "la changuita" de presidente, se celebran elecciones generales en octubre sin la posibilidad de reelección, Mujica embiste contra el que parece será su último molino político: el narcotráfico.

   El hecho de que Uruguay haya vuelto a ocupar un espacio de cierta relevancia en el ideario colectivo internacional se debe al intento de su presidente de combatir el narcotráfico, y todas las perversiones que este negocio conlleva, de otra forma distinta a la represión, a la cual han estado recurriendo tradicionalmente los gobiernos de todo el mundo.

   "A lo mejor estoy equivocado, pero la vía represiva que venimos practicando desde hace 50 años está fracasando. Tenemos que luchar para ganar el mercado del narcotráfico. Si lo legalizo, tengo identificados a los consumidores y, si se pasan en el consumo, pueden ser tratados de su adicción. Creo que eso es mucho mejor que las políticas que se están haciendo a día de hoy", defendió.